Entradas

Carta a mi yo del futuro Querido yo futuro, Me pregunto cómo serás, cómo te habrán tratado los años, cómo pensarás ahora y si seguirás ilusionándote como en los viejos tiempos. Cuéntame que todavía queda mucho de mi en ti, es más, odiaría que me dijeras que he ido desapareciendo poco a poco, que lo que soy ahora se perdió por el camino. No te lo perdonaría, no esta vez. Pero, ¡cuéntame! ¿Sigues buscando a esa persona o la has encontrado ya? ¿Es tan increíble como creíamos que iba a ser? Ya podrías decirme cuánto falta hasta entonces (no sabes lo que me ahorraría), o al menos, que no tomaste decisiones permanentes por una emoción temporal. Dime cada cosa que has vivido y aquello que has perdido, aquellas personas presentes y ausentes en tú y tan mía vida. Háblame del mundo que me espera y de lo que será y está por llegar. Dime quién se fue cuando hizo falta y quién se quedó para mi. Dime quién y quién no, incluso quién nunca más. Sólo eso. Cuéntame qué sabes y dime que no ...
Ilusiones Suspira y dice -tengo que ilusionarme menos-, y en efecto, tiene razón. A veces las propias ilusiones acaban en angustias y que, quieras o no, son difícilmente controlables. Pero, ¿cuál es el motivo? -se pregunta-, ¿por qué yo? Su mente le dice que no, pero su corazón que sí; una antítesis real que la devora por dentro. Es imposible no pensar y no sentir, o viceversa. Le gustaría agarrar las ilusiones, romperlas en miles de pedazos y arrojarlas lejos, muy lejos de ella. No quiere saber de su existencia, al menos de momento, porque no le han causado más que incógnitas. Sabe que él tiene algo que le encanta pero prefiere no darle más vueltas, no esta vez. Está segura de sí misma, es fiel a sus ideas, y una corazonada le dice que debe bajar los pies a la tierra, aunque por dentro se muere de ganas de tocar las nubes. Ojalá fuese todo más fácil- piensa. Quiere estar convencida de lo que hace, de lo que siente, no le valen las "medias naranjas", sino las entera...
Principesas grises ¿Cuántas veces nos han leído nuestros padres por las noches algún cuento Disney? ¿Y cuántas veces, desde nuestra inocencia, hemos confiado ciegamente en que estos de algún modo se cumplirían? Para qué sirven- os preguntaréis- y aunque muchos afirmen que es un simple modo de entretenimiento infantil; la verdadera moraleja es el efecto que causa en nosotros. Desde pequeños nos han inculcado valores y creencias, que hemos ido interiorizando hasta hacerlas nuestras. Pero... ¿Alguna vez hemos pensado a qué fin todo esto o hasta que punto la sociedad quiere alienarnos y decidir qué pensar y cómo actuar por nosotros? Sus ideales ficticios inconscientemente se hacen tan nuestros que los sentimos como propios y hacemos todo lo posible por alcanzarlos, convirtiéndonos ciegamente en marionetas del poder. Por supuesto las princesas Disney son simples espejismos de su elaborado plan para adscribirnos a sus normas y creer fielmente en lo que ésta nos cuentan. Comenzamos...
14 de febrero Un día tan cualquiera, una fecha tan esperada y por contra, una etiqueta social. San Valentín, el día de los enamorados o más bien de los no tan enamorados. La cuestión no es celebrar el amor propiamente dicho, cuando todos sabemos que cualquier otro día del año sería igualmente la ocasión perfecta para hacerlo, sino más bien presumir de él a ojos de los demás. Una fecha tan estandarizada e impuesta socialmente por la sociedad de consumo, que atormenta a los solteros para que se sientan aún más "solos" o "desafortunados", cuando no debería ser así. No es envidia ni mucho menos, ni enfado o ira, muchos lo definirían como una sensación de impotencia ante un día que no te pertenece, que no sientes como tuyo. ¿Eso es lo que de verdad quiere la sociedad? ¿Un 14 de febrero bipolar? Por supuesto el amor es algo mágico que debería ser tomado en consideración, pero a mi parecer haciéndolo de forma individualizada y al ritmo de cada uno de nos...
Una luchadora Así es ella, una mujer de pies a cabeza. Fiel a sí misma, triunfal, en definitiva, una luchadora. Una mirada al frente, y todo cambia- decía. Sigue creyendo en su fortaleza, en sus vendajes, en su coraza aislante. Una bella atrapada en el cuerpo de una bestia, dirían.  Más fuerte que débil, no permite caídas inoportunas, nunca tropieza con la misma piedra. Es más, cree en el amor, disfruta saboreando sus fragancias pero tampoco deja que supuestos caballeros la engañen con sus múltiples falacias.  La admiro, faltaría menos. Olvida y deja olvidar, pero recuerda. Eso sí, como la sal, en su justa medida.
Déjà Vu Noto esa extraña sensación, tan familiar. Desconozco sus orígenes, pero sé con certeza que no es la primera vez que me pasa, ya lo he vivido antes. Algo incierto, siento que sí pero en el fondo sé que no. Simplemente mágico. Aquella sensación y él, juntos, en simbiosis.  Una paradoja tan presente, tan viva, tan real. Es como si le conociera de antes, tal vez en un pasado próximo, como si de un alma gemela perdida en mi subconsciente se tratase, quizás.  Recuerdo vagamente haber disfrutado de sus peripecias, de sus líneas bien contadas, de sus mareas a la deriva, porque es capitán. Recuerdo su mundo, tan mío y suyo al mismo tiempo, tan nuestro. Dichoso destino, creo y quiero recordarte en silencio. Me fío de mis latidos. 
Querida infancia Qué buenos tiempos, ojalá poder revivirte por última vez. Recuerdo como tus días radiantes de sol eran interminables, juegos y más juegos.   Recuerdo el sabor lima limón de mi calipo, las voces de mis amigos risueños, que cabalgaban entre montañas de juegos y diversión, imaginando historias únicas. Recuerdo aquellas tardes como si las hubiese vivido ayer, tan cercanas y lejanas al mismo tiempo, tan mías. Recuerdo ese brillo reflejado en mis ojos lleno de magia, la adrenalina recorrer cada poro de mi piel, y cómo no, la ilusión de una niña que sueña despierta; la de una niña al fin y al cabo.  Querida infancia, quisiera saborearte una vez más, y esta vez, te prometo que lo haré con todos mis sentidos.