Principesas grises

¿Cuántas veces nos han leído nuestros padres por las noches algún cuento Disney? ¿Y cuántas veces, desde nuestra inocencia, hemos confiado ciegamente en que estos de algún modo se cumplirían? Para qué sirven- os preguntaréis- y aunque muchos afirmen que es un simple modo de entretenimiento infantil; la verdadera moraleja es el efecto que causa en nosotros.

Desde pequeños nos han inculcado valores y creencias, que hemos ido interiorizando hasta hacerlas nuestras. Pero... ¿Alguna vez hemos pensado a qué fin todo esto o hasta que punto la sociedad quiere alienarnos y decidir qué pensar y cómo actuar por nosotros? Sus ideales ficticios inconscientemente se hacen tan nuestros que los sentimos como propios y hacemos todo lo posible por alcanzarlos, convirtiéndonos ciegamente en marionetas del poder.

Por supuesto las princesas Disney son simples espejismos de su elaborado plan para adscribirnos a sus normas y creer fielmente en lo que ésta nos cuentan. Comenzamos este largo proceso durante nuestra infancia, pero este va más allá, incluso hasta el final de nuestros días.

Nos alimentamos de nuestros ideales, que se convierten en aquello que nos mueve en este mundo, aquello que nos hace creer y seguir creyendo; no necesariamente en príncipes o princesas, también en el mejor puesto de trabajo con mayores ingresos, en la casa de nuestros sueños, en el cuerpo perfecto, en la familia perfecta, etc. La cruda realidad es paralelamente perpendicular. 

Cuando conseguimos algo, vamos a por más, nunca nos damos por satisfechos. Y si no logramos nuestros objetivos, nuestros ideales que tan vagamente se cumplen, sentimos nuestra labor como un fracaso en vez de un logro. Cualquier mujer querría tener a su lado a un caballero, a un príncipe azul hecho y derecho, pero sabe que no existen y se acaba "conformando" con un príncipe gris o un buen Homer Simpson. No es un fracaso ni mucho menos, pero damos por hecho que lo es porque aspiramos a demasiado.

Este es el verdadero efecto que causa en nosotros, la creencia de un mundo tan ideal, tan perfecto, que la mayoría de veces está fuera de nuestro alcance. 

¿Y sabes lo que te digo? Deja a un lado los complejos inútiles, los ideales inalcanzables, el mundo perfecto, porque la perfección no existe; y en cambio, valora lo que tienes y cuándo lo tienes, haz de cualquier logro tuyo propio una montaña rusa de emociones, confía en ti y vive el momento como si no hubiera un mañana... Y ante todo, quiérete mucho.

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